Hay algo que nos pasa cuando salimos de nuestra ciudad… y últimamente lo estamos pensando bastante. No es lo típico de “qué bien viajar” y ya. Es otra cosa más concreta. Como que nos relajamos, pero no en plan descanso físico, sino de aquí de la cabeza. En plan… dejamos de estar tan pendientes de […]
Hay algo que nos pasa cuando salimos de nuestra ciudad… y últimamente lo estamos pensando bastante.
No es lo típico de “qué bien viajar” y ya. Es otra cosa más concreta. Como que nos relajamos, pero no en plan descanso físico, sino de aquí de la cabeza.
En plan… dejamos de estar tan pendientes de nosotros todo el rato.
Porque claro, estás fuera, no conoces a nadie, nadie tiene una idea previa de ti… y es como que bajas un poco la guardia sin darte cuenta. Y eso, al menos a nosotros, siendo queer, nos da bastante paz.
Porque, aunque tengas tu entorno y todo, siempre hay un puntito de estar leyendo. El sitio, la gente, cómo entras, cómo hablas… no sé, es sutil, pero está.
Como un radar que ya ni nos cuestionamos.
Y fuera… ese radar no desaparece, pero baja muchísimo. Y de repente estás hablando con alguien sin pensar tanto en cómo estás siendo percibido. O estás en un bar y te da un poco más igual todo.
Y te sientes más tú… pero sin forzarlo. Ahí es donde nos rayamos un poco, la verdad.
Porque luego vuelves y piensas: vale, si esta versión nuestra nos gusta más… ¿por qué aparece tan fácil fuera y aquí no tanto?
Y tampoco va de pensar que nos lo inventamos cuando viajamos. No es eso.
Es más bien que fuera no tienes todo el peso de tu historia encima. Nadie te ha colocado en un sitio, nadie espera nada concreto de ti… y eso se nota.
Aquí es distinto. Hay dinámicas, hay gente que ya te ha leído de una forma, hay contextos donde ya sabes cómo encajas… y salirte de ahí cuesta más que coger un vuelo, claro.
Pero no sé… últimamente pensamos que igual no se trata de elegir entre una versión u otra.
Sino de no dejar esa versión más libre solo para cuando nos vamos. Traer cosas pequeñas. No todo, porque tampoco es realista. Pero sí algo.
Hablar un poco más tranquilo. Cortarnos menos en ciertas cosas. No estar todo el rato midiéndonos sin darnos cuenta.
Como darnos un poco más de espacio… sin convertirlo en un drama. Porque al final no creemos que cuando viajamos seamos “otra cosa”.
Creemos que somos nosotros… pero con menos capas encima.