Hay algo que pasa cuando sales de tu ciudad. No es solo el cambio de calles, de idioma o de clima. Es otra cosa. Como si, de repente, bajara el ruido. Como si nadie supiera quién eres… y eso, lejos de incomodar, diera cierta paz. Viajar tiene ese punto de libertad inmediata. Nadie te conoce. […]
Hay algo que pasa cuando sales de tu ciudad.
No es solo el cambio de calles, de idioma o de clima. Es otra cosa. Como si, de repente, bajara el ruido. Como si nadie supiera quién eres… y eso, lejos de incomodar, diera cierta paz.
Viajar tiene ese punto de libertad inmediata. Nadie te conoce. Nadie espera nada de ti. No hay versiones previas que sostener ni contexto que explicar. Puedes ser distinto… o simplemente no pensar tanto en ello.
Y ahí aparece la pregunta: ¿eres más tú cuando estás fuera… o solo te sientes más libre porque nadie te está mirando?
Dentro del mundo queer esto se siente aún más. Muchas veces crecer ha sido aprender a leerse, a adaptarse, a medir cuánto mostrar y cuánto guardar. Un radar interno que rara vez se apaga del todo.
Pero cuando viajas, ese radar se relaja.
De repente no tienes que anticiparte tanto. Puedes conocer a alguien, hablar sin pensar demasiado en cómo estás siendo percibido. Improvisar, equivocarte, gustar… o no, y seguir igual. Hay algo muy honesto en eso.
Aunque también tiene su cara incómoda.
Porque a veces esa versión “más libre” de ti solo existe en ese contexto. En ese anonimato. Y entonces surge otra duda: si esa versión te gusta más… ¿por qué no está también en tu día a día?
Quizá porque no siempre es tan fácil.
Ser tú en casa implica historia, relaciones, expectativas. Lugares donde ya te han leído antes. Y ahí no basta con soltarse un fin de semana. Hay que sostenerlo.
Pero eso no significa que lo que pasa viajando sea falso.
A veces viajar no te cambia. Solo te recuerda partes de ti que estaban más escondidas. Y, con suerte, puedes empezar a traer algo de eso de vuelta contigo.
No todo, pero algo, una forma de moverte, de mirar, de no pedir permiso todo el tiempo.
Porque al final, quizá no se trata de elegir entre ser tú o ser otra versión. Sino de encontrar espacios donde no tengas que pensarlo tanto.
Simplemente estar.